El orgullo de la historia. El desafío del futuro.

Texto Hugo Bordoni

No es fácil resumir en pocas líneas el siglo y medio de historia del Hipódromo de Tandil, porque como la vida misma, atravesó por todas las situaciones posibles. Nació de la visión de un grupo de hombres de la ciudad en 1866. Gente de alcurnia que soñó con un circo de carreras que sirviera, además del obvio esparcimiento, para "mejorar la raza equina, que es tan útil, y además ayudara a la beneficencia pública propiciando obras altruistas", según decía el acta fundadora del "Circo de Carreras Tandileras", firmado entre otros por Benito Machado, Ramón Santamarina, Victorio e Isidoro de la Canal y Juan Fugl.


Ramón Santamarina

Cuesta imaginar hace un siglo y medio aquella escena tierra adentro, tiempos en los que Palermo y San Isidro todavía eran quimeras, pero el empeño de los hombres de Tandil alumbró así ese primer hipódromo de Sudámerica, a despecho incluso de los tiempos violentos que se vivían, con el país en guerra con Paraguay. Los primeros años del incipiente circo de carreras fueron tormentosos, aunque aquellas actas iniciales contando la instrumentación de pequeños detalles, como los precios de las entradas, u otras cuestiones más importantes, como que "ya era tiempo de levantar algunos palcos", resultan de lectura sencillamente deliciosa. El empuje inicial, sin embargo, se fue diluyendo al cabo de una década y los hombres de la "Asociación de Carreras Tandileras" se vieron obligados a arrendar los terrenos a un vecino de la zona, don Juan Elgue, graficando sin medias tintas en el acta respectiva que se rendían porque "resulta evidente el abandono del circo de carreras, del que solo se hace un uso ocasional...". Cuenta el periodista Martín Glade en sus simpáticas notas sobre aquellos años que a la hora de hacer el inventario del arrendamiento en la Asociación fueron extremadamente meticulosos, contando entre los bienes que se entregaban a Elgue "una percha y un mate con bombilla". Las carreras fueron perdiendo terreno y a ese contrato de arrendamiento siguió otro, entonces a don Eugenio Font, que además del canón (3700 pesos anuales) se comprometía a "matar todas las vizcachas", que a favor de la escasez de carreras habían ganado terreno convirtiéndose en dueñas del lugar... Vaya uno a saber cómo le fue a don Eugenio con las vizcachas, pero a fines de mayo de 1896 la Asociación de Carreras Tandileras pasó a llamarse Club Hípico de Tandil y asumió estatutos similares al del Jockey Club, siempre con las carreras pasando por altas y bajas, entre estas últimas el resumen de 1901, temporada en la que no hubo reuniones "porque -se escribió- a pesar de la propaganda organizada, nadie se presentó a anotar caballos".

Todo está guardado en la memoria, canta León Gieco, y en el caso del Hipódromo de Tandil todo está guardado en esas actas, que el Club Hípico de Tandil conserva con esmero y que apilan más de 2100 folios desde aquel texto fundacional de 1866 a la fecha. Los comienzos del siglo XX mantuvieron el paisaje de pocos anotados en el hipódromo tandilense, que a duras penas organizaba unas cuantas carreras por año, y agrega Glade que en 1906 los muchachos del Club asentaron en sus libros que no habían organizado carreras durante todo el año "por la desidia de los aficionados", delegando sin medias tintas las culpas en los burreros de entonces. Hubo clausura de 1928 a 1934, un ciclotímico devenir en las años siguientes y el punto más alto del siglo pasado fue la reunión llevada a cabo con motivo del centenario, el 17 de abril de 1966, con una multitud que batió récords y todavía se recuerda como hito en la vida de la ciudad. Los '70 mantuvieron la incertidumbre, se restringió a nivel oficial la actividad en los hipódromos de Tandil y Azul, lo que paulatinamente devolvió las 40 hectáreas de Darragueira y Peyrel a otro estado de abandono lacerante, con muchos años sin actividad que parecieron eternos.

A principios de este siglo la intervención municipal logró poner nuevamente en valor las instalaciones, que se concesionaron a una empresa privada, pero esa etapa que se soñó como de despegue terminó también sin cumplir con los objetivos esperados, hasta que ya en este 2016 el decidido apoyo de Lotería de la Provincia de Buenos Aires logró que el viejo hipódromo vuelva a ilusionarse con años felices, de la mano como siempre del Club Hípico y de la entusiasta comisión del Jockey Club de Azul, a cargo de la organización general. Los trabajos que se llevan adelante para restaurar las instalaciones son enormes, queda todavía mucho por hacer, pero es importante señalar que hasta se proyecta la renovación a pleno de la cancha auxiliar, además de una nutrida cantidad de boxes en el amplio sector de la Villa Hípica, emprendimiento que resulta vital en otro objetivo prioritario: la búsqueda de estimular la radicación de un mayor parque caballar, a favor de una zona que resulta ideal para todas las etapas de cría y training del Sangre Pura de Carrera. Así, el hipódromo más añejo de Sudámerica vuelve a soñar con el lugar que soñaron los hombres de 1866: el de ser un polo vigoroso y palpitante de la sociedad tandilense.